¿Donde estabas el dia de los sucesos del 11 de septiembre?

¿Dónde estabas el día de los sucesos del 11 de septiembre?

Después de 20 años, algunas personas reflexionan sobre los trágicos acontecimientos y su repercusión.

Por: Sarah Elizabeth Adler, AARP

Para algunas personas, el tiempo se detuvo el 11 de septiembre de 2001. Para otras, ese día sigue siendo borroso. Sin embargo, la mayoría tienen una historia de dónde estaban, qué estaban haciendo y qué sucedió cuando se enteraron de los ataques terroristas en Nueva York, en el Pentágono y en un avión que se estrelló en Pensilvania.

Los sucesos del 11 de septiembre se han convertido en parte de nuestra historia nacional: una piedra angular que suscita recuerdos, tal como el asesinato del presidente John F. Kennedy en 1963 o la explosión del transbordador espacial Challenger en 1986 para quienes tienen edad suficiente para recordarlos. Ya sea que el 11 de septiembre las personas estuvieran en la ciudad de Nueva York, en el otro extremo del país o en el interior rural, ese día fue una experiencia colectiva para todos en Estados Unidos.

 

En algunos casos, los sucesos que vieron y vivieron las personas el 11 de septiembre las incitaron a tomar decisiones importantes o a apartarse de los planes previstos. En este vigésimo aniversario, les pedimos a siete personas que se enteraron de los ataques desde lejos que compartieran sus recuerdos de esa fatídica mañana de martes y el impacto que tuvo en su vida.

Un cambio definitivo

Victor LaGroon, 51 años, Washington D.C.

Esos días no se olvidan. En ese momento trabajaba para un centro de tratamiento residencial en Rochester, Nueva York. Uno de mis empleados dijo: “Oye, hubo un accidente aéreo en la ciudad de Nueva York”. Encendí el noticiero y me dije: “Es muy raro que un avión se pueda estrellar contra el World Trade Center”. Los aviones no vuelan por ahí.

Estaba viendo las noticias en vivo cuando vi que el segundo avión se estrellaba contra la otra torre. En ese momento, pensé: “las cosas están a punto de cambiar para siempre”. Sabía que sucedía algo grave.

Para mí, el 11 de septiembre fue uno de esos momentos cruciales de la vida. En el 2003 me alisté en el Ejército. No fue porque quisiera convertirme en un héroe, sino porque sentí que era mi turno de hacerlo. Mi abuelo prestó servicio en la Segunda Guerra Mundial, mi padre prestó servicio en los años 60, mi primo más joven fue un veterano de la Guerra del Golfo. Probablemente soy la séptima u octava persona de mi familia en prestar servicio en el Ejército. Firmé mi contrato el día antes de cumplir 35 años.

Entré en el Ejército como analista de inteligencia. Presté servicio en la 10.ª División de Montaña del Ejército de Estados Unidos. Una parte de nuestra división se dirigió a Irak. Mi brigada se dirigió a Afganistán. Tuvimos muy buenas misiones, trabajamos con fuerzas internacionales, apoyamos operaciones especiales y de combate. Mi carrera se vio interrumpida porque sufrí varias lesiones. Mis opciones eran conseguir otro trabajo en otra unidad o jubilarme por razones de salud. Me decidí por la segunda opción.

Como muchos otros que han llevado uniforme, estoy sumamente orgulloso de la oportunidad de haber prestado servicio con quienes lo hice. Pienso que es lo mejor que he hecho en mi vida. Tuvo su costo, pero tengo otra perspectiva de mi país gracias a la oportunidad de prestar servicio.

El mundo se detuvo

Linda Strader, 65 años, Green Valley, Arizona

En junio de 2001, perdí el trabajo que tenía desde 1998. Envié mi currículo a todos los posibles empleadores de mi sector en Tucson, Arizona. Tenía tres entrevistas programadas para el 11 de septiembre. Esa semana mi esposo estaba de viaje por trabajo, como era habitual. Me levanté temprano, fui a nadar por la mañana y entré a vestirme. Apenas me había secado cuando sonó el teléfono.

“Deberías encender el televisor”, me dijo mi padre. Lo hice, y vi las imágenes dramáticas de las torres gemelas en llamas. Después de 10 minutos, miré el reloj. Tenía mi primera entrevista en una hora y media. ¿Debía ir? Decidí que tenía que hacerlo. No se vería bien no presentarse.

Cuando llegué a la carretera interestatal, no pude evitar notar que era la única persona en el camino. Algo parecía estar realmente mal. Mi primera parada fue en el centro de Tucson. La entrevista se centró más en los sucesos que acontecieron ese día que en mis conocimientos.

La siguiente entrevista fue durante un almuerzo. Una vez más, la conversación tuvo poco que ver con el trabajo. Mi eventual empleador me puso al tanto de los sucesos transcurridos desde que había salido de casa. Después de la última entrevista a las 2 de la tarde, me dirigí a casa con la sensación de que el mundo se había detenido y nunca volvería a comenzar.

Estaba asustada, intranquila y temerosa de estar sola. Llamé a mi esposo tan pronto como entré a casa y le pedí que regresara antes. Durante semanas, incluso meses, me pregunté si la vida volvería a ser la misma, si el país volvería a ser un lugar seguro.

No conseguí ninguno de esos puestos, pero en noviembre finalmente encontré un trabajo. 

Lo vi desde el extranjero

Colin Clarke, 40 años, Pittsburgh

Yo estaba estudiando en University of Galway, en Irlanda. Había estudiado Historia y Ciencias Políticas y me interesaba la política internacional; creo que nuestro primer día de clases fue el mismo 11 de septiembre.

Recuerdo que me llamaron a un salón de clases con otros estudiantes estadounidenses y pensé que se trataba de más documentación. Nos dijeron que un avión se había estrellado contra el World Trade Center y que volviéramos a nuestra habitación y miráramos el canal de la BBC. Cuando salí del edificio de la universidad, todavía tenía la impresión de que había sido un accidente y no un ataque terrorista deliberado.

[Después de conocerse el carácter de los atentados], me obsesioné con Afganistán, Pakistán y el terrorismo yihadista salafista. Me convertí en un lector voraz de todo lo que pude tener entre manos relacionado con el yihadismo, Al Qaeda y Osama bin Laden.

En el 2004 hice un posgrado, y luego un doctorado en Política de Seguridad Internacional. Desde entonces, he prestado declaración ante el Congreso varias veces, he trabajado en la comunidad de inteligencia y he escrito ya tres libros sobre la temática del terrorismo, principalmente centrados en Al Qaeda y el Estado Islámico.

Pienso que la carrera me eligió a mí. No hay forma de que hubiera acabado por obtener un doctorado o convertirme en académico [si no hubiera sucedido el 11 de septiembre]. Vengo de una familia militar: tanto mis abuelos como mis tíos, primos y amigos cercanos fueron militares. Si me preguntaras si me arrepiento de algo, diría principalmente de no prestar servicio en el Ejército. Sin embargo, pienso que el trabajo que hago es mi forma de contribuir y retribuir a la seguridad nacional.

Una nueva forma de pensar sobre el duelo

Jodi O’Donnell-Ames, 55 años, Titusville, Nueva Jersey

Tenía 35 años, y seis meses antes había fallecido mi esposo, Kevin, a causa de una esclerosis lateral amiotrófica. Estaba deprimida y no tenía idea de cómo seguir adelante.

Llevé a la escuela a mi hija de 8 años y a mi sobrina de 3, y conduje hasta el trabajo en Filadelfia. En el camino, estaba escuchando la estación de NPR y oí las noticias. Detuve el automóvil presa del pánico, el dolor y la incredulidad.

Comencé a llorar. Reconocí que estaba enfadada y que me sentía decepcionada, pero cuando me enteré de lo sucedido, me sentí culpable porque tuve seis años para despedirme de mi marido. Tuve seis años para hacerle saber de todas las formas y maneras posibles que lo amaba.

Fue entonces cuando me comprometí a usar mi terrible experiencia para ayudar a los demás y lograr algo positivo en el mundo. Crear mi organización sin fines de lucro [Hope Loves Company] fue una forma de darle sentido a lo sucedido. Hope Loves Company es la única organización sin fines de lucro en Estados Unidos que brinda recursos gratuitos y apoyo educativo y emocional a niños cuyos padres viven con esclerosis lateral amiotrófica o niños que han perdido a uno de sus padres [a causa de la enfermedad].

No hay una respuesta específica ni un plazo establecido para el duelo. Lo único que podemos hacer es esforzarnos al máximo para encontrar una manera de honrar a las personas que perdimos y al mismo tiempo encontrar la fuerza para seguir adelante.

Una razón de vivir más profunda

Jasmit Singh, 53 años, Olympia, Washington

Me levanté alrededor de las 3 de la mañana; tenía que tomar un avión desde el Área de la Bahía a San Diego, donde solía viajar por trabajo. El avión salía a las 5:00 o 5:30 a.m., y cuando todo empezó a suceder en la costa este, nosotros estábamos en vuelo.

Desviaron nuestro aterrizaje a Burbank, California. Estaba muy lejos de donde debía estar. Salí del aeropuerto y todavía no sabía lo que había sucedido; no fue algo que anunciaran en el avión. Me preguntaba cómo iba a llegar al trabajo.

Me apresuré a alquilar un automóvil. Cuando entré a la carretera, la primera señal de que algo andaba mal fue que la gente que estaba a mi lado me insultaba con gestos mientras conducía. No podía entender lo que sucedía. Luego encendí la radio, hablé con mi esposa y comprendí la magnitud de los acontecimientos.

Conduje hasta San Diego. Cuando llegué, habían enviado un mensaje electrónico de mi trabajo para decirnos que no era necesario acudir. Me alojé en un hotel y comencé a hablar con mis amigos y familiares sobre los incidentes [discriminatorios] que estaban sucediendo en todo el país.

Otros amigos y yo comenzamos a pensar en lo que debíamos hacer para ayudar a la comunidad [sij]. Esa noche, unos siete u ocho de nosotros estuvimos reunidos en una llamada y nos dimos cuenta de que no había recursos para hacer frente a la clase de situaciones que estábamos escuchando: agresiones, abusos verbales, personas rechazadas en su trabajo.

Durante las siguientes seis semanas, todos nos dedicamos día y noche a [crear recursos para la comunidad sij]. De ahí nació [el grupo de defensa] Sikh Coalition. Me cambió la vida. Pasé de ser un ingeniero consagrado a una carrera a reconocer que nuestro propósito en la vida es muchísimo más grande que eso. Nuestro impacto se debe centrar en nuestras comunidades.

‘La gente quería estar unida’

Laura Geller, 71 años, Los Ángeles

Yo era la rabina principal del Temple Emanuel de Beverly Hills. En aquel entonces teníamos una escuela diurna comunitaria, una escuela religiosa. Nuestro director llamó y dijo: “Enciendan el televisor, está sucediendo algo importante”.

El día de los sucesos del 11 de septiembre, mi pareja de entonces (que se convirtió en mi marido) estaba sentado en un vuelo de American Airlines que tenía previsto salir del aeropuerto JFK después del impacto de la primera torre. Afortunadamente, el avión no despegó. Fue bastante aterrador. Ves cómo la vida puede cambiar en un segundo. Por suerte para nosotros, no fue así.

La noche de ese viernes, nuestra sinagoga se llenó más allá de su capacidad. La gente quería estar unida. En un sermón, que pronuncié el año siguiente, conté la historia de mi prima, que era una estudiante de 16 años en Stuyvesant, una escuela secundaria en Nueva York a dos cuadras del World Trade Center. Cuando los aviones se estrellaron, sus maestros les dijeron que evacuaran la escuela de inmediato y que corrieran hacia el norte lo más rápido posible.

[Su historia] me llevó a poder hablar sobre lo que [esperábamos] haber aprendido del 11 de septiembre y cuál es nuestro compromiso con los valores principales de la nación.

La única forma de frenar ese extremismo será cuando las personas encuentren la forma de hablar con quienes no están de acuerdo y reconozcan que lo que nos une debería ser mucho más poderoso que lo que nos separa.

La pérdida de una estudiante

Thomas Plante, 61 años, Menlo Park, California

Recuerdo que me esperaba un día de mucho trabajo. Tuve que llevar a mi hijo al kindergarten y estaba apurado. Luego, recibimos una llamada telefónica de mi cuñado, que estaba en Nueva York. Habló con mi esposa y le dijo: “enciende el televisor”, lo que por supuesto hicimos.

Observamos con horror cuando el segundo avión se estrelló contra las torres. En algún momento, llevé a mi hijo a la escuela y luego me fui a trabajar. Soy profesor en Santa Clara University, una universidad católica jesuita. Ofrecen misa todos los días, y nunca había visto la iglesia de la misión tan llena como ese día, con todos apretados.

Más tarde, me enteré de que una de mis alumnas y discípula académica estaba en el avión que se estrelló en Pensilvania. En ese momento realmente caí en la cuenta. Su nombre era Deora Bodley. Era una estudiante prometedora de tercer año en la carrera de Psicología. Un encanto como alumna y como persona.

En el 2016, estuve en la ciudad de Nueva York y visité el Monumento del 11 de septiembre. Allí aparecen [inscritos] los nombres de todas las personas que murieron en el ataque. No esperaba ver el nombre de Deora entre tantos. Lo busqué brevemente, aunque pensé que sería imposible encontrarlo. Sin embargo, lo encontré.

Fue necesario hacer un gran esfuerzo para no estallar en lágrimas. Fue muy intenso.

 

 

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