CUENTAME UNA HISTORIA

Lecciones aprendidas por las malas o las buenas

Desde que éramos niños, nuestros padres han utilizado el folclore latino para mejorar nuestro comportamiento o sufrir las consecuencias por no comportarse. Me dijeron que iba a conseguir una visita de “La Llorona” y no era raro. Cuando estábamos en el barrio, haciendo cosas que no deberíamos hacer, sabíamos que, en el fondo de nuestras mentes, iba a haber consecuencias. Un cinturón si estábamos siendo haciendo algo malo. “El Coco” iba a venir a buscarte. Nos moldeó a lo que somos hoy. Había una razón por la cual ese tipo de historias se compartían contigo, incluso era para asustarte, también era para enseñar una lección en la vida. Lecciones en la vida que no sólo nos impactan como individuos, sino que también nos permite seguir la tradición y enseñar un par de lecciones en el camino.

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Folclore es toda costumbre que se transmite de generación en generación, adaptada y modelada por el medio ambiente en el que vive la gente. Folklore es la comida, la bebida, el vestuario, las leyendas, las canciones, las danzas, la mitología; todas las manifestaciones artesanales como cerámica, cestería, tejidos, construcción de casas, talabartería, mueblería, los remedios caseros, la manera de sentir a los muertos, de celebrar los santos etc., etc. Es toda la vivencia de un pueblo.  Son las manifestaciones comunes de la gente, especialmente de los campesinos que satisfacen las necesidades espirituales o materiales que ellos sienten con lo que les ha enseñado la experiencia o la herencia. Por eso mismo, el conocimiento del folklore es la manera más directa de conocer profundamente a un pueblo; por intermedio de él se puede averiguar, como es y cómo piensa el total de la gente en forma natural y sincera.

 

La Llorona mexicana

La Llorona es un espectro del folklore latinoamericano que originó en México.  Según la tradición oral, se presenta como el alma en pena de una mujer que asesinó o perdió a sus hijos, busca a estos en vano y asusta con su sobrecogedor llanto a quienes la ven u oyen. Si bien la leyenda cuenta con muchas variantes, de acuerdo al país, los hechos medulares son siempre los mismos.

En México, varios investigadores estiman que la Llorona, como personaje de la mitología y de las leyendas mexicanas, tiene su origen en algunos seres o deidades prehispánicas como Auicanime, entre los purépechas; Xonaxi Queculla, entre los zapotecos; la Cihuacóatl, entre los nahuas; y la Xtabay, entre los mayas lacandones. Siempre se la identifica con el inframundo, el hambre, la muerte, el pecado y la lujuria. En el caso de Xtabay (o Xtabal), esta diosa lacandona se identifica como un espíritu malo con la forma de una hermosa mujer cuya espalda tiene forma de árbol hueco. Al inducir a los hombres a abrazarla, los vuelve locos y los mata. La diosa zapoteca Xonaxi Queculla, en tanto, es una deidad de la muerte, del inframundo y de la lujuria que aparece en algunas representaciones con los brazos descarnados. Atractiva a primera vista, se aparece a los hombres, los enamora y los seduce para después transformarse en esqueleto y llevarse el espíritu de sus víctimas al inframundo. Auicanime era considerada entre los purépechas como la diosa del hambre (su nombre se puede traducir como la sedienta o la necesitada). También era la diosa de las mujeres que morían al dar a luz en su primer parto, las cuales, según la creencia, se volvían guerreras (Mocihuaquetzaque), lo que las convertía en divinidades y, por ende, en objetos de adoración y ofrenda.

El Cucuy/el Coco

El Cucuy es una criatura misteriosa que cambia de forma, y que se compara con el Boogeyman americano. Sin embargo, a diferencia del Boogeyman, el Cucuy era una vez humano. Los cuentos hablan de un padre estricto y viudo que vivía en un rancho en México. Cuando sus hijos se portaban mal, los encerraba en un armario oscuro durante horas.

Una noche, cuando el padre se marchó para ir a la ciudad, cayó una lámpara de aceite y la casa se quemó hasta el suelo con los niños encerrados. A su regreso, encontró so lugar completamente quemado. ¡Tanto él como el caballo fueron inmediatamente tragados enteros por el área donde el armario una vez se levantó!

Hoy en día, los niños traviesos son advertidos a comportarse o el Cucuy vendrá a buscarlos. Una simple, “Uy Cucuy” es suficiente para conseguir que el más mal portado de los niños se pare en sus pistas.

Los niños se alejan de El Cucuy con un canto:

¡Uy Cucuy! ¡Uy Cucuy! ¡No es muy-muy!

¡Salte! ¡Salte! ¡Por donde entraste!

El monstruo de la leyenda se explica como un miedo inexplicable. La naturaleza inexplicable del monstruo es de los origines de la leyenda. Originalmente la leyenda fue un cuento para hacer que niños se portaran bien. La rima más antigua del coco es del siglo diecisiete:

Duérmete mi niño, duérmete ya… Que viene el Coco y te comerá.

 

El Cadejo salvadoreño

Mide unos tres pies, y a menudo persigue a los viajeros durante largas distancias antes de darse por vencido. Durante todo el tiempo, deja escapar su lúgubre lamento, que pone la piel de gallina; espera así que su víctima se decida a afrontarlo o intente atacarle, en cuyo caso estará perdida. Pues, de ser así, el Cadejo se hincha hasta tomar el tamaño de un toro, y desde ese nuevo estado pisotea y apabulla al osado.
Quienes han recibido sus atenciones se les encuentra más tarde al borde del camino, aún helados de terror, incapaces de articular palabra durante semanas enteras. La mayoría de las veces, empero, la víctima alcanza a recuperarse: sólo ocasionalmente son estos encuentros fatales.

Cierta variante salvadoreña de la leyenda afirma que el Cadejo negro se aparece a quienes deambulan a altas horas de la noche, que los persigue para aterrorizarlos, y después los hipnotiza con sus brillantes ojos rojos, robándoles finalmente el alma y dejándolos atontados por el resto de sus vidas, mal que en el Salvador se conoce como “haber quedado jugado por un mal espíritu”. Dentro de esta misma variante de la leyenda, se cree que el cadejo negro no puede robarle el alma a quien se le antoje, ya que el Cadejo blanco protege a los creyentes y a los recién nacidos. Y, por último, si alguien cree que no será protegido por el Cadejo blanco, puede prender incienso pues el humo del incienso ahuyenta al Cadejo negro.

 

La Tulivieja de Panamá

¿Alguna vez has visto un rastro de hormigas?, seguramente no sabes, que no están ahí nada más porque si, van siguiendo un rastro, el rastro de leche de la Tulivieja, que es un personaje legendario de Costa Rica y Panamá. Es el fantasma de una mujer que se transforma en un monstruo que va errante por los diferentes caminos y despoblados.

Cuenta la leyenda de Panamá que hace mucho tiempo, cuando los espíritus aún convivían abiertamente con los humanos, uno de ellos sedujo a la chica más bella de la comarca. Al poco tiempo la chica quedó embarazada y de ese amor prohibido nació un bebé al que su madre ahogó en el río justo después de nacer y así poder ocultar su pecado.

A pesar de sus acciones no pudo librarse del castigo divino, fue convertida en un monstruo horrible con la cara llena de unos agujeros de los que salen largos pelos duros como cerdas, porta un sombrero de alas caídas llamado tule (con forma de plátano), tiene alas cortas pero poderosas, a veces de ave y a veces de murciélago, pero lo más característico serían sus patas y garras de águila o gavilán, en lugar de piernas, que dejan huellas invertidas, para que nadie pueda seguirla. Se alimenta de carbones y cenizas, por eso sus huellas se pueden encontrar en fogatas recién apagadas.

Las noches de luna llena, recupera su forma original y se le puede ver, bellísima, bañándose en el agua. Sin embargo, al menor ruido recupera su horrible forma y vuelve a ser la Tulivieja.

La Tulivieja está condenada a buscar a su hijo muerto por toda la eternidad, llamando a su bebé emitiendo un sonido parecido al de las aves y por eso vaga por las orillas de los ríos, con los dolorosos senos rebosantes de leche siempre listos para alimentar al bebé que nunca encontrará. En su lugar alimenta a cualquier bebé que encuentre en su camino; es precisamente por eso que se aparece en los poblados rurales, atraída por el llanto de los recién nacidos o el aullido de los perros, que confunde con el hijo extraviado. Al día siguiente de su visita, se encuentra el rastro de hormigas alimentándose de los restos de leche materna desperdigados por el pueblo, así como las huellas de las patas invertidas. La visita de la Tulivieja es muy peligrosa, porque es probable que el monstruo robe al niño creyendo que es el suyo.

 

Rezadores de Guatemala

Esto sucedió en el barrio de la Candelaria de ciudad de Guatemala; allí donde se tiene la costumbre de ponerle apodo a todo el mundo, y a espiar por las rendijas de las ventanas.
Pues bien, por la calle de la Amargura vivía una anciana en uno de los palomares de la esquina de la calle de Candelaria. Todas las noches, a eso de la medianoche, salía a espiar por la ventana; en una de tantas noches, la vieja vio que pasaba una procesión de rezadores; uno de ellos se paró y le dio dos candelas de las que llevaba en las manos y le pidió que las guardara, pero le dijo que las colgara en la cabecera de su cama, y que pasaría por ellas a la noche siguiente; ella, muy asustada, las colgó donde el rezador le dijo. Al otro día lo que encontró fue un largo hueso fémur; asustada, salió gritando al patio del palomar. Entonces, una de las inquilinas le dijo que se la habían ganado los rezadores y que saliera con un niño en los brazos. Los rezadores empezaron a pasar cerca de ella; en una mano tenía las candelas y en la otra cargaba al niño. Al acercarse el que le había dado las candelas, ella se las tendió y, al ver al niño, el rezador se las quitó y se fue con los demás (¡el niño la había salvado!).
Entonces, los vecinos le fueron a meter una gran bulla al padre de la Candelaria, hasta que lo obligaron a echar agua bendita por la calle de la Amargura y la de Candelaria. Entonces, los benditos rezadores de la noche, como son unos jodidos, se fueron de allí, pero aparecieron al poco tiempo por el barrio de Santo Domingo; pero la pobre vieja se pudo salvar y ya nunca volvió a asomarse por las ventanas a espiar.

 

El Güillanguille ecuatoriano

Es el alma del niño que ha muerto sin recibir las aguas bautismales. No puede estar en el cielo, por no estar en gracia de Dios. Tampoco en el infierno ni en purgatorio, puesto que no ha cometido pecados mortales ni veniales. Su destino es vagar en la tierra, cerca de donde descansan sus restos mortales, a menudo asustando a las personas de malvivir, hasta cuando alguien le sumerja en las purificadoras aguas. En realidad, el Güillanguille no es tan malo como parece, pues con su intervención muchos que empiezan por el mal camino, y que hubiesen terminado en el abismo, se corrigen a tiempo.

 

El Cadete rojo de Bolivia

El liceo militar en la capital de Bolivia, Sucre, es un edificio que data desde los primeros años de la República. Fue escenario de luchas sangrientas y de asesinatos injustificados por parte de aquellos que querían detentar el poder político nacional.

Cuentan que mucho tiempo atrás, una triste muerte tuvo lugar en los patios de aquel edificio. Un cadete, montando a caballo y demostrando sus destrezas a sus superiores, intentó saltar una altura que no le fue posible al animal, por lo que el jinete, cayendo de cabeza justamente en el filo de un instrumento filoso, la perdió, muriendo instantáneamente.

En la fecha de su muerte, cada año, la escena se repite. En la oscuridad de la noche y cuando las campanas suenan las doce, se escucha el sonido de un caballo encabritado, luego un galope frenético y al final el sonido seco y desgarrador de una cabeza rodando por los suelos de todo el edificio. Al final de la escena, un jinete sin cabeza y con el uniforme teñido de sangre aparece galopando por los patios del Liceo.

 

El Caleuche de Chile

Es bajel fantasma, de visión tremebunda, al que otros llaman buque de arte, buque de fuego, Barcoiche o buque fantasma. De él nos dice quién sabe que ese barco espectral, con su tripulación de esqueletos navegando a velas desplegadas y brillantemente iluminado por luces de Santelmo, puede aparecérsenos en el recodo de cualquier canal; constituye una visión corriente allá y muchos lo han contemplado, para su daño. Dicen que presagia locura y muerte.

 

El Esqueleto de Colombia

Había en un pueblito en Marmato, en el cual la gente le tenía mucho miedo asomarse a la ventana después de las siete de la noche, que porque salía un esqueleto que crecía; y entonces pues, los muchachos como siempre son desobedientes, una noche no se aguantaron y abrieron la ventana, cuando ven semejante esqueleto quiba creciendo y fue pasando del techo y entonces y no tenían aliento ya ni de correr la ventana. Pegaron el grito y ahí mismo corrió la mamá y los entró. Bueno, pasaron los días y entonces, al frente de donde veían el esqueleto ese comenzaron a hacer una construcción, y uno de los que estaba construyendo encontró un cajón y mandó a los otros compañeros que fueran dizque almorzar y se sacó semejante cajonado dioro y los dejó a los otros viendo y se acabó el espanto del esqueleto.

 

El Ahogado de Perú

El Ahogado es un espanto que, básicamente, se aparece a los pescadores. Tiene forma humana, con poca ropa y hecha jirones, delgado. No habla, te llama haciendo gestos con las manos y la cabeza y sólo pronuncia un sonido gutural muy alto que lastima los tímpanos. Si te coge te come vivo, tiene una fuerza descomunal. Para que el ahogado no te atrape, debes ingresar al agua porque los condenados no pueden volver al elemento en el que han fallecido.
Nosotros crecimos en un barrio de los suburbios de Trujillo, muy citadinos (según nosotros), pero siempre prestando atención a los cuentos de aparecidos de las abuelas y las vecinas del barrio. En una de esas noches mi abuela contó lo que le había sucedido a un pariente nuestro, pescador él.
En las cercanías de Trujillo, imagino que, en lugares similares también, los pescadores artesanales acostumbran llegar hasta la orilla del mar y hacer un hoyo en la arena húmeda. Allí colocan unas maderas y una buena dotación de camote. Encienden una hoguera, para endulzar las cercanías marinas y no tener la necesidad de entrar mucho en el mar. Es creencia popular que este endulce atrae a los peces.
Se encontraban los pescadores endulzando la playa, refugiados en unas pequeñas chozas construidas para la ocasión y refugiándose del frío intenso de la madrugada. Cuando de pronto apareció un hombre junto al fuego, como queriendo calentarse. Uno de los pescadores, el primero en percatarse del asunto intentó llegar hasta él y ofrecerle algo de ropa. Pero uno de los pescadores mayores lo detuvo “es el ahogao, corramos hacia la playa”. En tropel y asustados salieron todos los pescadores, abandonando las chozas e ingresando a las aguas. Allí se quedaron tiritando hasta las seis de la mañana en que las almas penantes vuelven al lugar del que salieron.

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Lecciones de la vida

Tomando todo en consideración, estas historias son realmente acerca de aprender lecciones en la vida. Pasar esas historias y lecciones aprendidas en la vida es parte de nuestra maduración y nuestra cultura como latinos. Debemos recordar y apreciar la inocencia que viene junto con ser un niño. Todas estas historias son cuentos para llevar y compartir de generación en generación. Ayudan a mostrar la dirección positiva para un niño sin tener que sacar el cinturón.

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