PADRES EXIGENTES

El riesgo de exigirles demasiado a los niños
Los padres exigentes y conocidos también como “padres o mamas tigre” son famosos por su exigente estilo demandante y estricto. Desafortunadamente lo que estos padres no saben es el impacto emocional que pueden causarles a sus hijos durante el proceso de forjarles un futuro brillante.

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Educar es un proceso unido al desarrollo de los niños. La educación persigue impulsar el desarrollo y la maduración para que el individuo alcance sus máximas posibilidades. A menudo buscamos ese desarrollo máximo, queremos que nuestros niños alcancen sus metas, queremos que logren sus objetivos y que venzan cualquier obstáculo y, aunque eso es bueno, a veces podemos caer en el peligro de exigir demasiado a los niños.

Es muy importante encontrar el equilibrio en nuestras exigencias como padres, ya que exigir demasiado a los niños implica importantes riesgos con consecuencias tan negativas como no exigirles. Se trata de una labor que requiere mucha paciencia, mucho respeto, comprensión y empatía.

 

Acelerar los tiempos de aprendizaje no necesariamente asegurar el éxito del futuro de nuestros hijos, al contrario, los hace dependientes. Las continuas órdenes para hacer esto o aquello terminan formando adultos obedientes, pero con poca autonomía. En otras palabras: hombres y mujeres que siempre esperan a que alguien más les diga lo que tienen que hacer. Por eso, no sorprende que se les dificulte tomar decisiones.

 

 

Los peligros de exigir demasiado a los niños

 

Es lógico que busquemos dar a nuestros niños la oportunidad de lograr sus metas, pero a menudo podemos confundir la oportunidad con la exigencia. En este sentido, queremos que saquen mejores notas, que destaquen en deportes y actividades extraescolares, queremos que sean buenos amigos, que sepan comportarse bien, que sean educados y obedientes, que tengan su personalidad y no se dejen influenciar, etc.

 

En definitiva, queremos que sean felices y les exigimos que lo sean a través de múltiples tareas en las que tienen que destacar. La felicidad de los niños se convierte en una obligación impuesta. Y su mundo se convierte en una competición constante, en la que tienen que responder a las exigencias y alcanzar metas, en una carrera constante, para lograr así ser felices. Entonces nos olvidamos de que son niños, nos olvidamos de escuchar su corazón, de sus necesidades y de que su felicidad no es una obligación sino un estado deseable.

 

Imaginemos vivir en constante competición, imaginemos que alguien espera siempre lo mejor de nosotros. Como consecuencia de esto:

 

  1. No se atiende a las verdaderas necesidades del niño.
  2. Podemos conseguir el efecto contrario, y que con el tiempo el niño se rebele a las exigencias. Ya que las exigencias a menudo son demasiado altas.
  3. Creamos un ambiente de desarrollo en el que prima la tensión, y el estrés, ajeno a la felicidad que buscamos. En dicho ambiente es fácil que aparezca la frustración.
  4. No respetamos el ritmo de desarrollo del niño.

 

Cómo cambiar la exigencia por un impulso en el desarrollo infantil

 

Aunque exigir demasiado a los niños tiene peligros que debemos evitar, la solución no es dejar al niño sin metas, sin objetivos, sino de aprender a guiar al niño en su camino, y no forzarlo. Educar es una labor que puede convertirse en todo un arte y saber favorecer el camino hacia sus metas forma parte de este arte. No es cuestión de exigir más o menos, sino de cambiar nuestra actitud al hacerlo, dejar de exigir y empezar a impulsar. Debemos recordar que se trata de favorecer un proceso que ha ser agradable y natural, y no de forzarlo llenándolo de tensión y emociones negativas. Como adultos debemos cambiar nuestra actitud y dejar de exigir para empezar a impulsar o favorecer.

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¿Cuáles son los cambios en nuestra actitud? 

Para cambiar nuestra actitud debemos recordar que somos adultos y ellos son los niños, nuestro esfuerzo va encaminado a nuestras actitudes.

 

  1. La amabilidad y el afecto. Debemos favorecer su desarrollo desde una postura amable y afectuosa, dejando de lado posturas excesivamente autoritarias, y los comentarios que puedan herir o dañar.
  2. La confianza. Mostrar confianza es la base para que logren sus metas.
  3. La paciencia. Es importante ser pacientes y dejar su tiempo.
  4. La coherencia. Saber distinguir momentos y situaciones. En determinados momentos será necesario pedirles que se esfuercen un poco más y en otros no.
  5. Escuchar activamente. Se trata de escuchar no solo lo que nos dicen, sino sobre todo lo que nos quieren decir.

 

 

Como impulsar el desarrollo de los niños

Partir del respeto. Respeto a la infancia y a sus tiempos de desarrollo. Los niños no son adultos en miniatura y requieren de tiempo para su desarrollo y para lograr sus metas.

 

Cambiar nuestro punto de vista y dejar de centrarnos en las metas para centrarnos en el proceso. A menudo, pensamos en el futuro de los niños, en su felicidad futura, y aunque eso está bien, nos olvidamos de su felicidad presente.

 

Escuchar su corazón y atenderles con corazón. A menudo les imponemos metas que son nuestros deseos y no los suyos. Si queremos que sean felices debemos atender a sus deseos, a lo que les hace felices.

 

  • Dejar que se ilusionen con eso que les hace felices, no lo conviertas en una obligación.

 

  • Demostrarles que les quieres por lo que son, no por las metas que logran.

 

  • Ayudarles a lograr sus metas. Enséñales que el esfuerzo es necesario para lograr sus objetivos.

 

  • Acompáñales en el camino y ayúdales a superar los obstáculos, en lugar de presionarles ayúdales a buscar soluciones.

 

  • Animarles cuando fracasen, en lugar de reñirles y hacerles sentir culpables, animales a seguir intentándolo. Ayúdales a ver lo que tienen que cambiar.

 

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Tareas que los niños pueden realizar según su etapa de desarrollo

 

Según su etapa de desarrollo, a los niños se les pueden exigir las siguientes responsabilidades:

 

Entre dos y tres años

Las tareas que realice siempre deben estar bajo el control del adulto. Los pequeños aún no comprenden lo que hacen bien o mal y actúan de acuerdo a mandatos y prohibiciones porque no poseen autocontrol. Colaboran con el adulto en ordenar y guardar sus juguetes, zapatillas, pijama, regar flores y en algunas tareas concretas como poner y/o recoger las servilletas, etc.

 

Entre tres y cuatro años

A estas edades el niño observa la conducta del adulto, la imita y actúa en función del premio o castigo que pueda recibir. Ya va siendo capaz de controlarse y puede tener orden en sus cosas. Colabora en guardar juguetes y los debe recoger. Puede poner algunas cosas fáciles en la mesa como el plato y los cubiertos, etc. Se desnuda solo y se viste con ayuda. Aprende a compartir las cosas y a esperar su turno. Muestra interés creciente por jugar con otros niños.

 

Entre cuatro y cinco años

Sigue observando e imitando al adulto. Necesita que le guíen, pero tiene deseos de agradar y servir y, por eso, suele tener iniciativas responsables como vestirse, recoger sus juguetes, controlarse en un espectáculo, etc. Ya se le puede asignar alguna responsabilidad: poner la mesa, control de algún animal, hacer algún recado dentro del entorno familiar. Puede cuidar a hermanos más pequeños durante breves tiempos y con la presencia cercana del adulto. Debe dejar ordenados los objetos que usa.

Es bastante autónomo en la comida y en su cuidado personal calzarse, lavarse e ir al baño. Acepta los turnos en el juego, aunque no siempre los respeta. Suele asociarse a dos o tres niños para jugar y entabla las primeras amistades.

 

Entre cinco y seis años

Ya ha aprendido bastantes conductas y aunque necesita que la persona adulta le señale lo que debe o no debe hacer, conviene presentarle posibilidades para elegir entre dos opciones. Puede ser responsable de tareas domésticas sencillas: limpiar el polvo, recoger la mesa, preparar su ropa para vestirse, buscar lo que necesita para una actividad concreta. No hay que olvidar que el niño sigue imitando y que es exigente en la aplicación de la norma para todos.

 

Le agrada ayudar y cumplir encargos y recados sin que, para ello, deba cruzar la calle o lugar peligroso. Juega en grupos de tres o más y sigue reglas sencillas. Intenta ser autónomo y puede rebelarse frente a las presiones de los adultos en asuntos como disciplina autoridad y normas sociales. A partir de los cinco años comienza a despertar la intencionalidad, asimila algunas normas y se comporta desacuerdo con ellas.

 

En el periodo de seis a siete años

Con control y ayuda para evitar descuidos involuntarios, puede y debe prepararse los materiales para realizar una actividad. Comienza a ser capaz de controlarse en desplazamientos muy conocidos y próximos tales como el colegio, casa de amigos que vivan en el mismo bloque de viviendas, casa de algunos familiares, etc.

Puede controlar algún dinero semanal y aprender a administrarlo, sabiendo que, si lo gasta, deberá esperar a la semana siguiente para recibir una nueva paga. Todavía se guía por las normas y hábitos del adulto; se identifica el bien con lo mandado y el mal con la prohibición o el enfado.

 

Cumple las órdenes al pie de la letra; generalmente hasta los ocho años.

Puede controlar sus gastos con más facilidad. Tiende a formar grupos de relación con compañeros del mismo sexo. Aprende costumbres sociales relacionadas con el saludo, la despedida, el agradecimiento, etc. Actúa de forma responsable si se le ofrecen oportunidades para ello. Tiene el deseo de ser bueno y, si no lo es, culpa a los demás o a las circunstancias porque no soporta que le consideren malo.

Va adquiriendo la noción de justicia y comprende las normas morales mediante ejemplos concretos.

 

A los ocho años

Comienza la autonomía personal y puede controlar sus impulsos, en función de sus intenciones. Es capaz de organizarse en la distribución del tiempo, del dinero y de los juegos. Todavía precisa alguna supervisión. Pueden dársele responsabilidades diarias: preparar el desayuno, bañarse, etc.

Empieza a independizar la voluntad del adulto respecto a la norma y es consecuente en su conducta. Sabe cuándo y cómo debe obrar en situaciones habituales de su vida. La actuación de las personas adultas es decisiva dado que si persiste una presión autoritaria el niño se hace dependiente, sumiso y falto de iniciativa. Si, por el contrario, se obra de forma permisiva, el niño se convertirá en una persona caprichosa e irresponsable. Así pues, se hace imprescindible una actitud que favorezca la iniciativa y mantiene la exigencia. Le atrae el juego colectivo y coopera en grupo. Es capaz de prever las consecuencias de sus actos.

 

Entre los nueve y los once años

Ya es bastante autónomo en sus intenciones y, por lo tanto, en su responsabilidad. Suele tener una organización propia para sus materiales, ropas, ahorros… Puede encargarse de alguna tarea doméstica y debe realizarla con responsabilidad y cierta perfección. Le gusta que se le recompense por la tarea que se le encomienda.

 

Aunque aparezcan rasgos de dependencia, le gusta tomar decisiones y oponerse al adulto con cierta rigidez. Es capaz de elegir con criterios personales. Se hace estricto, exigente y riguroso.

Se identifica con su grupo de amigos en el que cada uno tiene una función asignada y se acata lo que dicta el jefe de la pandilla.

 

Reconoce lo que hace mal, pero siempre busca excusas, aunque para los demás suele ser muy estricto. Le gusta que le dejen decidir por sí mismo y tiene necesidad de afianzar su yo frente a los demás, de ahí su resistencia a obedecer y su afán de mandar a otros niños menores. Conoce sus posibilidades, decide y reflexiona antes de obrar, aprende de las consecuencias y se siente atraído por los valores morales de justicia, igualdad, sinceridad, bondad, etc.

 

Entre once y doce años

La influencia de los amigos comienza a ser decisiva y su conducta estará influenciada en gran parte por el comportamiento que observa en sus amigos y amigas o compañeros de clase. Los hermanos y hermanas mayores tienen más influencia sobre ellos que los padres. Aparece una etapa en la que la crítica suele ser muy frecuente y dirigida hacia sus padres y profesores; no le gusta que le traten de un modo autoritario, como a un niño; reclama autonomía en todas sus decisiones.

 

Necesita tener amigos y depositar en ellos su intimidad; es leal al grupo y su moral es la de sus iguales, a los que imita en la forma de vestir, en los juegos, las aficiones, etc. Quiere ser como los mayores. Tiene sentido de responsabilidad y trata de cumplir sus obligaciones y se hace más flexible en sus juicios. Su comportamiento es mejor fuera del entorno familiar. Tiene capacidad para valorar lo bueno o malo de sus acciones, puede pensar en las consecuencias, conoce con bastante objetividad sus intenciones y desea obrar por su propia iniciativa, aunque se equivoque.

 

 

 

 

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